martes, 2 de diciembre de 2014

El temor de los ángeles.

Sentada bajo la sombra de su árbol, apoyada en su fiel tronco, acariciaba las hojas tristes que caían de él y yendo al compás del viento.

Oscurece, nuestra pequeña mujercita se quedado dormida, con un cuchillo en la mano, cuyas hojas brillaban con la luz de la luna.
Un susurro de entre las sombras la despierta con cuidado y sutileza. Abre poco a poco los ojos, empieza a ver nítidamente. Delante de ella, como si de un animal salvaje se tratara, se hallaba un hombre alado. Un intento de frito que acaba en vacío, llega a cortar el viento.
Coge el cuchillo y apuñala al ángel, éste sonríe y ríe como un loco; le muestra los dientes como si fuese un cazador antes de matar a su presa.

La niña llora, llora tanto... Su ira sale de su puñal. Se detiene, mira al ángel destrozado, cortado, desgarrado. Las alas del ángel se despegan y se posan en la espalda de la niña, con la misma delicadeza que una mariposa.
Ésta intenta atravesarse con el puñal y se derrite antes de que pueda llegar a su corazón.


Muerta y viva se encontraba la pequeña.
El mayor castigo, convertirse en ángel, ser amado y temido por todos.
Su rostro mostraba total frialdad, era horrible, como un monstruo, o al menos ella se sentía así. Mientras otros la admiraban y la veían hermosa...

Tonta... tus alas encierran odio, destrucción, caos, muerte. Son tu mayor fortaleza, la mejor arma para demostrar tu belleza, pero a la vez tan devastadoras...

lunes, 17 de noviembre de 2014

No caigas en tu devastadora mente.

Qué ganas de leer. De intentar entender una mente que ni te va ni te viene. Que puede esconder más de una verdad y mostrar miles de mentiras. 

¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me dejas en paz? Madre mía, siempre lo complicamos todo con nuestras pequeñas buenas acciones. Simplemente las hacemos para sentirnos bien con nosotros mismos y no por el hecho de hacer feliz al otro. Somos egoístas hasta en lo que nos podríamos sentir orgullosos. 

Sinceramente, prefiero no dejar huella en nadie, ni pisar fuerte, ni que se giren para mirarme. Nada de eso; busco gustarme, y caminar de puntillas para que todos me dejéis en paz. 
Quizás no busque la soledad pero sí la tranquilidad. No quiero ordenar mi caos, estoy bien así; acurrucada en un algún rincón de ninguna parte, escondida entre un montón de nada para que nadie me encuentre. 
Qué bien se está.

De repente alguien llama como si le estuviesen matando y necesitase mi protección. Con sigilo y la puerta medio abierta le recibo. No enciendo la luz, tengo miedo de lo que puede pensar cuando me vea. Utilizo un nivel de voz suave, bajito, tranquilo pero a la vez me siento agobiada, ¿qué hace éste aquí? No he invitado a nadie, no esperaba a nadie, no quiero a nadie. 
Pero... ¿por qué no le quiero aquí, a mi lado, cerca, muy cerca, tan cerca que casi puede descifrar mi horrible silueta? Será por eso, miedo a que sepa lo que soy, lo escondo, lo que no quiero que nadie vea, la bestia que todos guardamos y que algunos esconden, encierran o matan. Para mi desgracia yo soy mi propia bestia.


Bienvenido al camino que no te llevará a ninguna parte. Suerte si deseas seguir leyendo.